30.4.16

Joyas que inspiran joyas

Princesa Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias
Vicente López Portaña (1819)
Museo Lázaro Galdiano

Cuántas gracias tenemos que dar a nuestros museos, públicos y privados, por conservar para nosotros y dejarnos admirar estas joyas únicas e irrepetibles que nos han dejado nuestros artistas. Podemos deleitarnos simplemente en la belleza de los trazos de una pintura, en la morbidez de un mármol que parece piel y carne, o sumergirnos en las maravillas de una arquitectura que nos lleva directamente al pasado.

Princesa Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias (detalle)
Vicente López Portaña (1819)
Museo Lázaro Galdiano

Una obra de arte es también un documento único tan importante como un manuscrito o un yacimiento arqueológico, porque cuánta información podemos extraer de un retrato como éste: la moda del momento en vestuario, peinado, joyería... nos da pistas sobre la Historia averiguando de dónde procede ese chal, o aquellas perlas, o ese hermoso y delicado encaje que adorna mangas y escote.

Hay otros artistas actuales que materializan la belleza que plasma un pintor en objetos reales y tangibles que podemos disfrutar y hasta llevarnos a nuestra casa, recreacionistas que reproducen exactamente un conjunto, un traje, unos botines o un abanico.

Diadema de De'Medici Bijoux inspirada en el retrato de
la Princesa Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, de 1819

Los amigos de De'Medici Bijoux tienen ese maravilloso don de hacernos soñar con piezas deslumbrantes, que pueden titilar bajo las luces de un salón de baile como hacían hace doscientos años. Cuando vemos una de sus obras inspiradas en una cruz medieval, un collar renacentista, o esta diadema de principios del siglo XIX, se nos abren los ojos como platos y nos vamos, soñando soñando, directamente a otra época, a otro lugar, a un mundo mágico que quizá sólo exista ya en nuestra imaginación.
Mil gracias por vuestro arte, por vuestro trabajo y por recrear, también, nuestros sueños.

Más información sobre:


Tristeza otoñal

Francis Joseph O'Meara (1878)
National Museums Northern Ireland

Melancolía

Odilon Redon (1876)
Art Institute of Chicago

24.4.16

'Grand Tour': Savonarola

Adolfo P. Suárez
Florencia III. Ponte Vecchio
Tinta, acuarela y acrílico sobre papel, 21 x 30 cm. 2016

IMAGEN: ADOLFO P. SUÁREZ | TEXTO: ANDREA MIRANDA DUQUE.

‘Qui dove con i suoi confratelli 
Fra Domenico Buonvicini e Fra Silvestro Maruffi 
il XXIII Maggio del MCCCCXCVIII 
per iniqua sentenza fu impiccato ed arso 
Fra Girolamo Savonarola. 
Dopo quattro secoli fu collocata questa memoria’*

Savonarola, Savonarola… ¡Savonarola se lo ganó a pulso!, cosa que al parecer les suele pasar mucho a los altos y alguna vez adorados mandatarios hijos de la península de la bota. 

Tenía otro punto en contra además, que era dominico, ya sabéis, la Inquisición y esas cosas… ummmm… complicado… un ‘domini canis’, un ‘perro del Señor’, y aquella época que era tan bonita, ¡el Renacimiento!, todo flores, canciones y libros, algo así como un movimiento hippy que, después de salir de la Edad Media tenía un peligro que no veas, que la represión es muy mala. 

Entre ésto, y que a Savonarola los Medici no le caían muy bien por aquello del tema político resulta que ‘saltaron chispas’, y nunca mejor dicho: que si andáis todo el día pintarrajeadas, que tanto libro profano os seca el seso y humedece el sexo, que lo del amor libre es una cosa muy fea… 

Antes de que en Juego de Tronos se inventaran ‘los gorriones’ ya teníamos en Florencia a los ‘pignone’, que seguían a Girolamo loca y ciegamente, y metían la nariz en las casas a ver qué cosas impúdicas encontraban por ahí. Eso, claro, no le gustaba a todo el mundo, ni la austeridad ni la pobreza, ni el cilicio ni la frugalidad. 

Nada, que Savonarola se vino arriba y empezó a criticar hasta al Papa, y al Papa le pareció muy mal, para qué vamos a decir otra cosa, ‘a este frailecillo le voy a buscar yo las cosquillas, vive Dios’, que se dijo Inocencio VIII, y vaya si se las buscó, que tenía muchas, aunque el que se las encontró y de verdad fue Alejandro VI, mundanamente conocido como Rodrigo Borgia, otro que era muy suyo para sus cosas y tenía el genio torcido, que no se andaba con chiquitas. 

De lo que hablábamos, en lo de venirse arriba Savonarola se vino y mucho: organizó unas ‘Hogueras de las Vanidades’ que ni las Fallas de Valencia, y para que se vea mira, en medio del la Piazza della Signoria. Allá fueron libros, las pinturitas de las señoras, cuentan que preciosos (y obscenos por lo visto) cuadros renacentistas que ni sabemos que existieron, pelucas, piezas lujosas y vestidos descocados. 

Algunos se mueren por ser excomulgados, se pasan haciendo todo el día el Mal y perrerías varias y oye, casi que imposible, y sin embargo Savonarola fue excomulgado y ejecutado (excomulgados sí, pero ejecutados ya no nos hace tanta gracia, ¿eh?), premio doble con tortura incluida, ¿quieres más?, venga, te dejamos sano el brazo derecho para que nos firmes la confesión, y ya que son tan agradables el fraile hasta firma y todo. 

Ahora sí, ahora no, Savonarola se arrepiente, ¡se arrepiente de haber firmado! 

Majete… ¡majete que nos tienes hasta los mismísimos!: garrote vil (otro favor que te hacemos) y hoguera después, para que no sufras. 

Lo que son las cosas. Allá donde ardieron aquellas otras hogueras que quemaran sabiduría, belleza y cultura, reducen a cenizas los huesos de Savonarola. Los reducen a cenizas no sea que a los fanáticos les dé por guardar sus huesos y adorarlos. Donde fue quemado, en la Piazza della Signoria, podemos ver hoy una placa conmemorando su ejecución, para esto los italianos son muy cuidadosos y te tratan con mucho cariño en los antes y en los después, en los mientras ya no tanto. Venga a sacar y meter los restos de la hoguera para que se pulvericen bien y después al Arno, junto al Ponte Vecchio, un puente en aquel momento totalmente ocupado por carnicerías que vertían sus deshechos al agua. Te quedaste en comida para peces, Fra Girolamo. Arrivederci, Savonarola. 

Muchos turistas pasan hoy sobre la placa conmemorativa y no la ven, o no la leen, o ni siquiera saben ya quién fue ese Savonarola. Ni les suena su nombre, que se ha ido diluyendo en los siglos. 

Esta postal cuenta hoy el final de nuestra historia, donde acabaron de forma tan miserable los restos del fraile incendiario. Vemos sobre los edificios erigirse, magnífica, la torre del Palazzo Vecchio que vio su cuerpo arder, y bajo el puente el agua que fluye eternamente. Casi 70 años más tarde aquellos Medici que Savonarola tanto odió seguían siendo los amos de Florencia, quizá no tan queridos, pero quién ha dicho que debamos amar la bota que estamos obligados a lamer. Vasari diseñó para ellos el corredor que aún hoy sigue sobre el puente, repleto de joyerías para japoneses y alemanes, que son los únicos que pueden permitirse estos ‘souvenirs’, joyerías que se instalaron allí porque los Medici eran de olfato fino y les molestaban aquellas asquerosas carnicerías cuando, desplazándose sobre el resto de los mortales, iban del Palazzo Pitti a la Signoria. Seguramente de vez en cuando se acordarían de aquel fraile que dio tanta candela, no sé si cuando pasaban sobre el lugar en el que tan indignamente tiraron el polvo al que quedó reducido, no sé tampoco si sonreirían de medio lado en su memoria, no sé si ni siquiera le dedicarían ese desprecio.

* 'Aquí fue donde, con sus hermanos Fra Domenico Buonvicini e Fra Silvestro Maruffi, el 23 de mayo de 1498, por injusta condena fue estrangulado y quemado Fra Girolamo Savonarola. Después de cuatro siglos fue colocada esta placa'. 

23.4.16

Clase de lectura

Charles Burton Barber (1845-1894)

Libros prohibidos

Alexander Mark Rossi (1897)
 Colección privada

Lectora reflexiva

Franz Dvorak (1906)
Colección privada

La lectora

Jean-Jacques Henner (c.1880-1890)
Musée d'Orsay

Interior: La Biblioteca Signet Library, Edimburgo

Patrick William Adam (1917)
Glasgow Museum Resource Centre (GMRC)

Bodegón con palmatoria y libro

John Frederick Peto (c.1890)
Colección privada

15.4.16

'Grand Tour': El 'Perseo' de Cellini

Adolfo P. Suárez
Florencia. El Palazzo Vecchio desde la Loggia dei Lanzi
Tinta, acuarela y acrílico sobre papel, 30 x 21 cm. 2016


IMAGEN: ADOLFO P. SUÁREZ | TEXTO: ANDREA MIRANDA DUQUE. Me he pasado media vida… sí, probablemente ya media vida, recomendando a quien me quiere escuchar que lea la autobiografía que nos legó Benvenuto Cellini. 
Es cierto, es difícil de encontrar, yo la localicé en una edición rarísima, pero al parecer a nadie le importa la vida de uno de los mejores escultores que dio la historia, con una vida apasionante como su propia época requería. Sólo con decir que nació en el año 1500 en Florencia os podéis imaginar: Papas que ordenan y mandan, los Médici que quitan y ponen, peleas callejeras en las que aparecen dagas de mano izquierda, infidelidades, hurtos, huídas…
Cellini antes que artista era un elemento de cuidado. Su padre, músico, intentó llevarle por la senda de su profesión pero el chaval se aburría y prefirió dedicarse a otras cosas ante el disgusto paterno. Mira, hizo bien, se conservan poquísimas obras suyas, pero ¿quién puede no adorar a ese Perseo, y derretirse cual bronce ardiente a sus pies? Es una de mis obras favoritas de la Historia del Arte.
Todo esto que os voy a contar, expuesto en lenguaje vulgar y de forma resumida es absolutamente realidad, lo tenéis en su autobiografía.

Para crear a Perseo ya tuvo antes sus más y sus menos con ‘El Duque’, con Cósimo di Médici… que si no vas a poder, que si cómo te va a salir ahí la cabeza de la Medusa, que si es imposible, que si patatín, que si patatán. Cellini con un cabreo de tres pares diciéndole al Duque que él controlaba, y que no se fiara de las mentiras que sus enemigos le susurraban tras las cortinas de palacio.
Tras pruebas y preparativos varios decidió que finalmente iba a fundir su sublime obra, tardaría varios días en hacerlo. Bronce a la cera perdida. Una obra enorme y muy complicada, no creáis que es fácil conseguir que al echar el bronce en el molde llegue correctamente, sobre todo, a la cabeza de Doña Serpientes y al pie derecho de Perseo, en posición difícil.

Leña del pinar de Serristorri, de cerca de Montelupo, tierras para el molde preparadas durante meses, y un gran acopio de piezas de cobre y bronce.

Nada, que se puso a ello en una noche de tormenta que se iba a derrumbar el cielo, no os podéis imaginar como zumba una tormenta sobre La Toscana: truenos y centellas sobrevolando la ciudad de Florencia, a cuenta de la resina de los pinos se organizó un incendio que casi hizo caer el techo del taller, la lluvia y el aire que bajaban la temperatura del horno constantemente, el personal echando toda la vajilla de la casa a fundir porque no llegaba, no llegaba, ¡no llegaba!, y él que debía seguir el proceso atacado por unas fiebres, tanto que casi se lo llevan los demonios.
Hubo de irse a la cama porque se sentía morir, pero cuando fueron a decirle que el Perseo se había estropeado él mismo se convirtió en tempestad: a empellones y puñetazos con los criados, los peones y los mozos. Se levantó vociferando contra el universo, dando órdenes a gritos intentando devolver a la vida su obra, como él dice ‘resucitando al muerto’: protege el horno con mantas y alfombras, comienza a echar en el molde más y más estaño, atizando el fuego, cuando de repente brilla todo con resplandor de relámpago, se sucede un estruendo y salta la cubierta del horno comenzando a derramarse todo el bronce. Es entonces cuando ordena ir a buscar platos, fuentes y escudillas de su vajilla personal y echar todo a aquel magma infernal.

Después de dos días enfriando se dispuso a descubrir la obra, observando lo primero que la cabeza de la maldita Medusa estaba bien, y en su sitio. Siguió descubriendo hacia la cabeza de Perseo… perfecta. Se maravilló de que la cantidad de metal fuera exactamente la justa, no había sobrado ni una gota en los canales de vertido del molde. Esperaba un error en el pie derecho, así se lo había confiado al Duque, y casi se desilusionó porque allí estaba, desafiante, plantándose ante todas las leyes que consideraban que no debería estar en su lugar: sólo faltaban la mitad de los deditos… ¡uf, menos mal! ¡algo de razón tenía!

Estoy segura de que si algún feliz día vais o volvéis a Florencia iréis a ver a Perseo a la Loggia dei Lanzi, con la espada en una mano y la cabeza de Medusa en la otra, y que recordaréis aquella tormenta, veréis cada escudilla de la vajilla del escultor en su obra, y escucharéis los gritos de Cellini procedentes del mismísimo Infierno de Dante.

En el prólogo de su autobiografía, en la edición que se cita a continuación, y firmado por Montserrat Corominas, nos cuentan: “[…] presa de intensa fiebre y de las llamas del taller, azotando un vendaval de lluvia el molde y el horno, cuajado el bronce por súbito enfriamiento, asustados y despavoridos los presentes, reanimando el semimoribundo escultor el fuego con troncos de leña y mejorando el metal en fusión con toda su vajilla de estaño y, como dice Marco, entre la fiebre, el delirio, el incendio y el vendaval que arrecian en aquella tremenda noche de locura artística de un genio, se oye un trueno formidable, a la vez que deslumbra la escena un relámpago cegador, verdadero fiat lux de aquel génesis de una estatua, y ese milagro de la voluntad crea un prodigio de alta inspiración... Perseo quedó hecho”.

CELLINI, B. [1993]. Vida de Benvenuto Cellini escrita por él mismo (1500–1571), Barcelona, Parsifal Ediciones.

Arrendajos

Ferdinand von Wright (1877)
Suomen Kansallisgalleria

Elaine, la Dama de Shalott

John Melhuish Strudwick (1891)
Colección Pérez Simón

Joven decadente (Después del baile)

Ramón Casas (1899)
Museu de Montserrat

14.4.16

'Grand Tour'

Adolfo P. Suárez
Siena V. Contrada della Selva. Piazza San Giovanni
Tinta, acuarela y acrílico sobre papel, 30 x 21 cm. 2016

IMAGEN: ADOLFO P. SUÁREZ | TEXTO: ANDREA MIRANDA DUQUE. En el siglo XIX los jóvenes británicos de clases media y alta (aunque no exclusivamente los de esta nacionalidad), realizaban un viaje maravilloso que marcaba su paso a la vida adulta. Hoy en día debería ser asignatura obligada. Era un viaje de aprendizaje, que principalmente daba acceso a los jóvenes al conocimiento del arte y la cultura de una forma directa e inolvidable. 

El ‘Grand Tour’ tiene sus orígenes mucho antes del siglo XIX, pero evidentemente la popularización de un transporte como el ferrocarril facilitó mucho los desplazamientos. 

Este viaje, de varios meses, e incluso años si había posibles, tenía como puntos obligados Francia e Italia, y se hicieron populares los ‘souvenirs’ o recuerdos con los que agasajaban a sus familiares y amigos a la vuelta: pinturas, joyas, abanicos, o postales. 

El acceso al arte y a su esencia daba pie muy frecuentemente a que, quienes tenían dotes artísticas se recrearan en su presencia plasmándolo sobre todo, en acuarelas, ya que los objetos necesarios para esta técnica eran mucho más fáciles de transportar. Inspiró también diarios en los que los viajeros iban reflejando sus experiencias ante paisajes y obras sublimes, relatando curiosidades y sentimientos. 

En Arte XIX, con obras del pintor Adolfo P. Suárez, y textos de Andrea Miranda Duque, se va a iniciar un ‘Grand Tour’ sentimental inspirado en nuestros recuerdos y vivencias. Mañana publicaremos un primer episodio, que esperamos os guste, y continuaremos sin una cronología establecida ni seriada. 

Con mucha ilusión, y agradeciendo a Adolfo su maestría, sus pinturas inconfundibles y su generosidad para con el proyecto, os convocamos esta noche, momento de confesiones e intimidades, ante vuestras pantallas. 

Esperamos que nos acompañéis a nuestro ‘Grand Tour’ particular. Bienvenidos.

Paisaje con arcoiris

Joseph Wright of Derby (1793-1794)
Yale Center for British Art

Después de la lluvia

Arkhip Ivanovich Kuindzhi (1879)
Galería Estatal Tretyakov

Spuistraat bajo la lluvia

Floris Arntzenius (1919)
Amsterdam Museum