19.9.15

Palco en el teatro

Alfred William (Willy) Finch (1896)

Joyería Art Nouveau: Philippe Wolfers (1858-1929)

Joyería Art Nouveau: Philippe Wolfers
Sel. Arte XIX, fots. vía Pinterest

Corista en el Teatro Scala, La Haya

Isaac Israels (1865-1934)

Escena en un teatro: una actuación vista desde un palco en el que tres figuras se encuentran de pie

James Dickson Innes (c. 1908)
Slade School of Fine Art, University College London

El extraño viaje de Charles Francis Coghlan

Charles Francis Coghlan como Orlando
en 'As You Like It' (1876)

Charles Francis Coghlan (1842-1899) fue un actor de origen canadiense que en el momento de su muerte se hallaba de gira por Estados Unidos, más concretamente en Galveston (Texas). Allí se puso enfermo y murió, a más de 5000 km de su pueblo natal en la isla Prince Edward. Su cuerpo se dispuso en un ataúd de plomo, en una tumba del cementerio local a la espera de que su familia diese instrucciones pero pasaron los días, los meses, y casi un año después aún no se había tomado una decisión con respecto a sus restos. 
En septiembre de 1900 unas terribles olas batieron Galveston, provocadas por un huracán, y se inundó el cementerio. El ataúd de nuestro actor fue sacado de la tumba por el agua, flotando llegó al mar, y fue arrastrado hacia el Atlántico por la costa de Florida.
Ocho años después unos pescadores avistaron un gran cajón, muy deteriorado, que iba a la deriva, lo recogieron: Coghlan había regresado a su hogar ya que se hallaba sólo a unas cuantas millas de su pueblo natal, y en el cementerio de su parroquia fue enterrado.
Esta interesante historia muy contada y repetida tal y como os la hemos contado nosotros parece haber surgido en 1929 de un artículo publicado en ‘Ripley Believe It or Not!’, una revista de corte bastante escandaloso y con no mucha credibilidad, ya que el ataúd realmente fue hallado siete años más tarde por un grupo de cazadores parcialmente sumergido en un pantano a nueve millas de Galveston, pero… ¡es tan genial!

4.9.15

El funeral de Tom Sayers

La tumba de Tom Sayer en Highgate Cemetery, con su fiel guardián Lion
Fot. John Armagh (2007)

Uno de los monumentos funerarios más famosos del no menos célebre cementerio de Highgate Cemetery, en Londres, es el del púgil Tom Sayers (1826-1865), uno de los últimos boxeadores sin guantes y protagonista de célebres peleas que arrastraban el interés de las masas en sus tiempos, e incluso el de la Reina Victoria. Durante los últimos años de su vida sufrió serias enfermedades que le llevaron a la tumba: diabetes y tuberculosis que se agravaron con un grave alcoholismo.
Su funeral fue sonado, se cerraron comercios y su carro fúnebre fue seguido por una gran multitud que deseaba rendirle un último homenaje, aunque su comportamiento según las crónicas de la época no fue precisamente correcto.
Abría la comitiva su perro mastín, Lion, que con un crespón negro atado a su cuello seguía el ataúd de Sayers. Triste, y con una actitud digna y ceremoniosa, siguió el cuerpo de su amo hasta la tumba, donde se encuentra representado como fiel compañero y espíritu protector.
La actitud de Lion destacó sobremanera frente a la de sus seguidores humanos, que deseando acercarse al enterramiento lo más posible destrozaron lápidas y árboles y organizaron un altercado tal que la policía hubo de mantenerse firme para poder finalizar el entierro de forma decente.

Sir Galahad, la Búsqueda del Santo Grial

Arthur Hughes (1870)
Walker Art Gallery

Stonehenge

John Constable (1835)
Victoria & Albert Museum

1.9.15

El corsé que salvó la vida de Isabel II

El corsé de la reina se conserva actualmente en el Museo Arqueológico Nacional y no se expone al público
Fot.: ABC

El 2 de febrero de 1852, mes y medio después de haber dado a luz a la primera de sus hijas, la Reina Isabel II iba a salir de palacio para agradecer a la Virgen de Atocha el nacimiento de su primogénita en la ‘misa de parida’, como era costumbre para la familia real. El sacerdote Martín Merino y Gómez, ya viejo conocido antimonárquico, decidió aprovechar el momento para  asesinar a la reina.
El golpe del estilete de 20 cm de largo, amortiguado por el recamado de oro del real manto, dio al fin con las ballenas del corsé que estilizaba su figura y desviaron la puñalada causándole un rasguño que tiñó de sangre su ropa interior. El estilete no estaba envenenado y la reina sobrevivió sin complicaciones al ataque.
Como prueba de su autenticidad en 1858 un notario firmó y confirmó que ‘Los encargados del guardarropa certifican su autenticidad, Madrid, 27 de noviembre de 1858. V.Vallejo. Notario’.

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