20.11.14

La Duquesa de Alba de Tormes

Francisco de Goya (1795)
Palacio de Liria, Fundación Casa de Alba


La más famosa Duquesa de Alba de todos los tiempos, retratada por Francisco de Goya, vivió entre los años 1762 y 1802, y no es ascendiente directo de la Duquesa de Alba recientemente fallecida, ya que María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo y Silva-Bazán, XIII duquesa de Alba de Tormes por derecho propio, murió sin descendencia, aunque en los últimos años de su vida adoptó a una niña a la que llamó María de la Luz. Heredó todos sus títulos de nobleza con ocho años, cuando murió su padre.

Su matrimonio, con el fin de preservar los dos ducados españoles más poderosos, el de Alba de Tormes y el de Medina Sidonia, se celebró cuando tenía doce años de edad con su primo, José Álvarez de Toledo y Gonzaga, XI Marqués de Villafranca del Bierzo y XV Duque de Medina Sidonia. El matrimonio vivió en constante competencia con el de los Duques de Osuna, también retratados por Francisco de Goya.
Su vida discurrió entre sus dos palacios más importantes de Madrid, el Palacio de la Moncloa y el de Buenavista, cerca de Cibeles, alternando con el Palacio de Piedrahita.

A los catorce años se convirtió en la XIII Duquesa de Alba tras la muerte de su abuelo, asumiendo la jefatura de la Casa, y veinte años después enviudó de su marido sin haber tenido hijos. Tras su fallecimiento, los títulos de su marido recayeron en el hermano de éste, Francisco de Borja Álvarez de Toledo y Gonzaga, mientras que la mayoría de los de Cayetana pasaron a manos de su pariente, Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva o Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Fernández de Híjar-Silva (1794-1835), VII duque de Berwick y VII duque de Liria y Jérica.

Fue mecenas de Francisco de Goya y se le atribuye un romance con el pintor aunque es algo que no está probado. En su biografía conocida se mezclan realidad y leyenda, sosteniéndose que salía disfrazada de maja en aventuras nocturnas en las que no faltan amores con toreros, caprichos, ostentaciones y derroches. Rivalizó con la misma reina de España, María Luisa de Parma, intentando siempre destacar sobre ella se cuenta que incluso, una vez, accedió al diseño secreto de un vestido pensado para María Luisa y vistió con él a sus criadas para ponerla en ridículo.

Murió a los cuarenta años, víctima de una fiebre, en el Palacio de Buenavista. Su testamento instituía como herederos universales de sus bienes libres a su hermanastro y primo, Carlos Pignatelli de Aragón y Gonzaga, a su hija adoptada, María de la Luz, al hijo del pintor Goya, Javier de Goya y Bayeu y a buena parte de sus criados y sirvientes. Los bienes y títulos que conformaban la Casa de Alba recayeron en la Casa de Liria y Jérica, aunque con alguna excepción.

En 1842 se exhumó su cuerpo para trasladar sus restos al Cementerio de San Isidro y se observó que estaba parcialmente mutilado: sus piernas habían sido serradas y le faltaba un pie, con la finalidad de colocarla correctamente en el ataúd ya que su altura lo impedía. Se exhumó su cadáver por segunda vez en 1945 y se le practicó una autopsia, determinando que su fallecimiento se debió a una meningoencefalitis de origen tuberculoso. Se descartó así un presunto envenenamiento por parte de Manuel Godoy siguiendo instrucciones de la reina María Luisa de Parma.

Marina azul, el efecto de las olas

Georges Lacombe (c.1893)
Musée des Beaux-Arts de Rennes

Pont-Aven a la luz de la luna

Ferdinand du Puigaudeau (1864-1930)
Colección privada

5.11.14

Museo de las Alhajas en la Vía de la Plata, La Bañeza (León)

Fachada de la Casa de Doña Josefina, Museo de las Alhajas en la Vía de la Plata
Fot. Andrea Miranda

Texto ARTE XIX | Recientemente he visitado un museo que me ha gustado pero que a la vez me ha dejado con una sensación de que faltaba mucho por ver. 

Tan importante en este caso me parecía el continente como el contenido. El Museo se ubica en un edificio de vivienda individual urbano de principios del siglo XX, la Casa de Doña Josefina, en lo que en aquel momento era la floreciente pequeña ciudad de La Bañeza. La arquitectura, que definen como modernista, presenta realmente una fachada de tipo ecléctico - junto a elementos clásicos se advierten molduras de orejas de influencia barroca y una cornisa de tipo regionalista-, presenta una tipología similar a la de otros edificios en la ciudad, en la que destacan puntualmente otros ejemplos con una decoración más elaborada, así que nos disponemos a entrar y descubrir si en el interior se conserva la disposición de una vivienda de la época, pero básicamente ha perdido su esencia original. En el vestíbulo del Museo nos encontramos que, un espacio que debería acoger al visitante, introducirle en la muestra, y mostrar parte de su esencia, se ha adaptado como pequeña sala de audiovisuales: cuando hay visitantes que entran, salen, preguntan o revisan las vitrinas para adquirir algún recuerdo es bastante molesto para quien está viendo el vídeo de bienvenida. La escalera que asciende al piso superior, y el espacio cuadrangular en el que se ubica es lo arquitectónicamente conservado más destacable: madera, forja y una vidriera en la zona superior que ofrece un hermoso y cálido ambiente ausente en el resto del Museo. Quizá poner más en valor el edificio sería un elemento de suma: dejar unas contraventanas abiertas con una adecuada de corrección de luz sobre las vitrinas conseguiría un buen efecto, más en los dos espacios que dan a la fachada principal del edificio, donde se conservan unas grandes y hermosísimas vidrieras emplomadas que dividen en dos espacios estas estancias. Lo más bello del edificio no luce lo que debería con una iluminación de vitrinas, en algunos casos de luz demasiado blanca.

¿Mostraros el espacio del Museo, alguna pieza? Imposible. No se permiten fotografías en el interior, ni siquiera sin flash. El flash siempre sobra, por supuesto, por respeto a las piezas expuestas y al resto de visitantes. Está claro que una fotografía hecha por un profesional va a ser infinitamente mejor que la que cualquier aficionado pueda hacer, pero en este viaje hacia el futuro que los museos de todo el mundo están iniciando, permitiendo que se toquen algunas piezas incluso, no se entiende la prohibición de que se hagan fotos en su interior. Se permite fotografiar en muchos grandes e importantes museos, no veo porqué este ha de ser una excepción: limita la experiencia, coarta, y a mí me pone en un aprieto teniendo que recurrir exclusivamente a mi memoria para transmitiros la visita, que no os llegará ilustrada y por ese motivo os parecerá mucho menos interesante. Eso sí, podéis visitar su página web donde encontraréis imágenes y acceso a otras redes sociales en las que el mismo participa: www.museoalhajas.es

Niños con el traje charro (1948)
Archivo personal de Mercedes López Ordiales

De una colección que se presenta como de más de 3000 piezas se expone lo que parece una mínima parte de las mismas: realmente por mi parte lo agradezco, es verdad, en ocasiones ver ejemplos contados nos hace detenernos más y quedarnos con lo esencial, y una selección de lo mejor ayuda a imprimir un mejor recuerdo. Las piezas, de entre los siglos XVI y XIX, predominando en número las de la última época. El personal del Museo, muy amable y atento, me indica que aproximadamente cada año se modifica la exposición permanente. 

Es una muestra que se comienza ‘por el final’, se recorren todas las salas hasta la última y ahí comenzamos la visita. Se inicia con una sala dedicada al mundo infantil. Aunque el Museo se denomina ‘de las Alhajas’ ocupan un lugar muy importante también las ropas tradicionales de la Vía de la Plata. En esta sala se observan junto a los pequeños dijes y amuletos de protección de los niños prendas de bautizo hermosísimas del siglo XIX. En las piezas infantiles predominan la plata, el coral y el azabache, y aparecen elementos de marfil.

Salmantinos, Joaquín Sorolla (1912) Museo Sorolla, Madrid
A partir de ahí la ropa y la joyería se llena de color, especialmente la utilizada por los más jóvenes. Hermosas piezas de lino y lana, que recuerda a los ‘sagum’ utilizados en época antigua en la zona, acompañan mantones en los que pueden admirarse los sublimes colores de la seda, los tornasolados del nácar y el brillo de los abalorios.

Los trajes se adornan con hermosas ‘collaradas’, impresionantes adornos que componen hilos de coral fundamentalmente, a los que se van añadiendo piezas de plata y oro habitualmente: relicarios, cruces y medallas.

Traje de Vistas de La Alberca (Salamanca) con la collarada tradicional, en la fotografía se puede observar
el aspecto imponente de la joyería sobre el traje, que es no menos hermoso
Imagen http://laalbercaensustradiciones.blogspot.com.es vía Pinterest

En la sala en la que se expone únicamente joyería se disponen separadamente los diferentes tipos de pendientes: arracadas, vincos, calabazas y polcas, ciertamente muy difícil de describiros sin imágenes, piezas de gran tamaño, brillo y color. La plata, el oro, y la plata sobredorada dan cobijo a pasta vítrea y cristales de color rojo, verde y ámbar. Son espectaculares las vitrinas en las que se expone azabache, procedente de tierras asturianas; su virtud protectora destaca en el que se talla en forma de ‘figas’ (se trata la abstracción de manos cerradas en puño con el pulgar situado entre los dedos índice y corazón, signo de protección) desde tamaños de 2 cms. hasta los 16 cms., desde las más sencillas hasta las más profusamente decoradas, que se vestían como ornamento. Otras piezas de azabache se tallan a modo de piezas más habituales como cruces o broches profusamente trabajados. En la última sala se presentan los medallones o patenas, piezas de orfebrería de gran tamaño que se lucían igualmente sobre los trajes tradicionales, decorados con hermosísimas figuras religiosas y una gran ornamentación.

2.11.14

Samain, antes que Halloween IV

Anda-y de día, por Rally_ae, en DeviantART

Terminamos con un mito muy conocido aunque con diferentes nombres: la Güestia, la Santa Compaña, la Estantigua, la Genti de Muerti... en cada lugar con sus variantes y peculiaridades. No es un mito particular de estas fechas, porque nadie sabe cuando puede encontrarse esta procesión de ánimas durante un paseo nocturno.

Texto A. OSCOS, colaboradora habitual de la web IREGUA y aficionada a la mitología celta | La Güestia es una procesión de almas en pena que llevan un hueso humano encendido y cuya vista hay que evitar para, como es evidente, no pasar a formar parte de ella. En Asturias se cuenta que, cuando alguien la ve pasar, es que al año siguiente le tocará el turno de formar parte de la procesión, que va recogiendo a aquellos a quien la señora de la guadaña determina que les ha llegado la hora. Aurelio de Llano, otro estudioso del folclor astur, cuenta numerosas historias sobre La Güestia. Aquí señalamos dos, para ponerle un poco de humor a tan espeluznante tema.
“Una vez venía un hombre de la braña de Rebellón, en Teverga, y al llegar al pico de la Campa, encontrose con la Güestia. Y conforme iban pasando, cada uno de los que la formaba le decía al tiempo que le daba una bofetada: “Anda de día, que la noche es mía”. Unos llevaban árboles, otros, portillas, otros mojones. El último le apartó a un lado y le dijo: “ Has de vivir bien, yo soy tu padrino, vamos a restituir los árboles y las portillas que hemos robado, y los que fueron metiendo poco a poco los mojones de sus fincas por las tierras colindantes, van a colocarlos en su verdadero sitio. Ea, me voy, que por detenerme contigo hasta mañana a estas horas no alcanzo a los otros”.
Con esa sorna asturiana hay muchas historias, más, para terminar este artículo sobre la noche de los difuntos, lo haré con una tradición que se conoce tanto en Galicia como en Asturias, por las mujeres más ancianas. Tomen nota a la hora de limpiar la casa en semejante fecha y no “barran la dicha” pues se cuenta que, en Todos los Santos, jamás se debe de barrer hacia fuera del hogar pues se creía que se barría la dicha y se atraía la desgracia al pensar que, en la ceniza había parte de las ánimas que acudían a calentarse al fuego.
Hoy en día, a falta de lumbre y madera que quemar, tal vez no sea apropiado pasar la aspiradora en esa noche, no sea que hayan entrado por la ventana a descansar sobre el sofá o a releer aquel libro que dejaron inacabado…