20.5.16

Descanso. Retrato de Vera Repina, esposa del artista

Ilya Repin (1882)
Galería Estatal Tretyakov

Jane Fleming, más tarde Condesa de Harrington

Joshua Reynolds (c.1778–1779)
The Huntington Library

Dos chicas con vestidos blancos

John Singer Sargent (c.1909-1911)
Colección privada

Tarde en el Jardín de Cluny, París

Charles Courtney Curran (1889)
Fine Arts Museum of San Francisco

10.5.16

La feria de la vanidad

James Elder Christie (c.1895)
Glasgow Museums Resource Centre (GMRC)

'... todo lo que allí concurre y allí se vende es vanidad, (...) Esta feria no es nueva, sino muy antigua'.
'El progreso del peregrino' John Bunyam

La dama de rojo

Otto Friedrich (1909)
Colección privada

'Por una mirada, un mundo; 
por una sonrisa, un cielo; 
por un beso... yo no sé qué te diera 
por un beso'.
-Gustavo Adolfo Bécquer-

6.5.16

'Grand Tour': El Palazzo Pitti y Leonor de Toledo

Adolfo P. Suárez
 Florencia IV. Palazzo Pitti
Tinta, acuarela y acrílico sobre papel, 21 x 30 cm. 2016


IMAGEN: ADOLFO P. SUÁREZ | TEXTO: ANDREA MIRANDA DUQUE. La joven Leonor no pasó mucho tiempo en España, apenas unos años de infancia, hasta que su padre hubo de irse a Italia a tomar posesión de su virreinato. Desde luego como nacida en la ribera del Tormes, como aquel Lazarillo, sufrió avatares diversos, luchó, quizá amó, fue utilizada y finalmente murió joven. Esperemos que al menos considerase que la balanza a su muerte se inclinase a su favor. 

Con 10 añitos a Nápoles que se la llevaron, ¿os podéis imaginar los fastos de Nápoles en aquella época? Allí se convirtió en la mujer que todos loaron: joven, guapa y con dinero ¿qué más quieres Leonor? Pues quizá que mi padre me case con quien considere oportuno, a ver si unas faldas consiguen lo que la espada no puede: viajemos al norte, a La Toscana, que en la hermosa Florencia busca esposa el Duque Cosme I de Médici y de paso le colocamos allí unas tropas españolas que nos viene muy bien y no teníamos disculpa. 

Parece que no le fue tan mal a Leonor, que el Duque tenía un carácter un poco peculiar pero ella sabía amansarle y sacar lo mejor de él. Por suerte, además de dotes de psicóloga, también era mujer lozana y fértil, once hijos fueron bastante para contentar a su señor, sólo tres murieron antes del año y los demás bueno, los demás con sus historias podemos dejarlos para otra ocasión, malarias, estrangulamientos y envenamientos incluidos (¡Es el Renacimiento italiano! ¡Era de esperar!), así que dejaron que se dedicase a lo que más le gustaba además de a parir pequeños Médici herederos y de reemplazo, que era el Arte, la pintura y la decoración de interiores, que la dama vivió y se acomodó en algunos de los palacios más renombrados y famosos de Florencia: el Medici Riccardi, el Vecchio y finalmente el Palazzo Pitti (saquen sus libros de Arte o invoquen a los hados de Google y miren, observen, rememoren, deléitense y así en este momento pueden ya fallecer por contemplación de lo magnífico). 

El Palazzo Vecchio debía de resultar poco personal, o demasiado institucional, continente de buenos pero también muchos malos recuerdos para la familia, así que decidió Leonor ‘llevar a su marido a una zona con aires más límpidos y puros’ y adquirió un palacio a medio construir al otro lado del Arno, y no era un palacio cualquiera. Cuando comenzaron las obras la idea era superar a los más bellos palacios florentinos con su magnificencia imponente. Puede resultar austero a la vista cuando te plantas delante de él, quizá para quien no sepa que a sus espaldas emerge la exuberancia de los Jardines de Boboli, o lo maravilloso que llega a ser en su interior. Es un palacio enorme, pesado, con una fachada muy militar debido a esos sillares almohadillados, que lo ves y casi te dan ganas de darte la vuelta por donde has venido. 

Como mecenas no lo hizo tampoco mal, protegiendo a pintores como Bronzino y Pontormo. De Bronzino obtuvo su retrato más hermoso y conocido, junto a su hijo Giovanni. Te lo encuentras en la Galleria degli Uffizi y lo que te apetece es postrarte ante él como si fuese una secular Madonna con Niño y rezar todo lo que sabes a las musas y la inspiración divina. Tanta belleza, tanta perfección, en un cuadro tan pequeño, tan hermoso, merecedor de las más deliciosas reverencias. Un fondo neutro pero azul, el color más caro y precioso, nos acerca al primer plano a Leonor y a su hijo, vestidos con las más ricas vestiduras, pose elegante y mirada inteligente de la señora, que abraza delicadamente y con cariño a su pequeño. Acercáos a ver esos ropajes, la crema de la crema, colores tornasolados y purpúreos como corresponde a la dignidad de un heredero, y un traje brocado entretejido con hilos de oro y plata como era el gusto de la época y de la dama. 

Ese traje puede hoy verse restaurado en el Pitti, en la Galleria del Costume. Cuenta la leyenda que Leonor, que muere a los 40 años de una enfermedad pulmonar y con grave deficiencia de calcio por los sucesivos embarazos, fue enterrada con este traje en la Basílica de San Lorenzo. Su cuerpo fue exhumado en 1857, y la documentación habla de un traje fúnebre tejido con hilo de oro: ‘la veste che lo ricuopre, non poco lacera, è di raso bianco, lunga fino a terra e riccamente ricamata a gallone nel busto, lungo la sottana e nella balza da piè’. Durante mucho tiempo se creyó que el traje del retrato era también el de su enterramiento, qué morbosa delicia, y ésto incluso puede leerse en las guías oficiales de la Galleria degli Uffizi editadas en los años 90, pero el traje era otro, y se exponen juntos actualmente en el Palazzo Pitti. 

Crucen el Arno, por el Ponte Vecchio si les parece, y caminen hasta este palacio para sentir la potencia de los Medici en su esplendor y el buen gusto de doña Leonor de Toledo, una señora que con belleza, posición, riqueza, sensibilidad y educación unidas, logró maravillas. Otros no serían, ni lo fueron ni lo son ni lo serán, capaces.