6.5.16

'Grand Tour': El Palazzo Pitti y Leonor de Toledo

Adolfo P. Suárez
 Florencia IV. Palazzo Pitti
Tinta, acuarela y acrílico sobre papel, 21 x 30 cm. 2016


IMAGEN: ADOLFO P. SUÁREZ | TEXTO: ANDREA MIRANDA DUQUE. La joven Leonor no pasó mucho tiempo en España, apenas unos años de infancia, hasta que su padre hubo de irse a Italia a tomar posesión de su virreinato. Desde luego como nacida en la ribera del Tormes, como aquel Lazarillo, sufrió avatares diversos, luchó, quizá amó, fue utilizada y finalmente murió joven. Esperemos que al menos considerase que la balanza a su muerte se inclinase a su favor. 

Con 10 añitos a Nápoles que se la llevaron, ¿os podéis imaginar los fastos de Nápoles en aquella época? Allí se convirtió en la mujer que todos loaron: joven, guapa y con dinero ¿qué más quieres Leonor? Pues quizá que mi padre me case con quien considere oportuno, a ver si unas faldas consiguen lo que la espada no puede: viajemos al norte, a La Toscana, que en la hermosa Florencia busca esposa el Duque Cosme I de Médici y de paso le colocamos allí unas tropas españolas que nos viene muy bien y no teníamos disculpa. 

Parece que no le fue tan mal a Leonor, que el Duque tenía un carácter un poco peculiar pero ella sabía amansarle y sacar lo mejor de él. Por suerte, además de dotes de psicóloga, también era mujer lozana y fértil, once hijos fueron bastante para contentar a su señor, sólo tres murieron antes del año y los demás bueno, los demás con sus historias podemos dejarlos para otra ocasión, malarias, estrangulamientos y envenamientos incluidos (¡Es el Renacimiento italiano! ¡Era de esperar!), así que dejaron que se dedicase a lo que más le gustaba además de a parir pequeños Médici herederos y de reemplazo, que era el Arte, la pintura y la decoración de interiores, que la dama vivió y se acomodó en algunos de los palacios más renombrados y famosos de Florencia: el Medici Riccardi, el Vecchio y finalmente el Palazzo Pitti (saquen sus libros de Arte o invoquen a los hados de Google y miren, observen, rememoren, deléitense y así en este momento pueden ya fallecer por contemplación de lo magnífico). 

El Palazzo Vecchio debía de resultar poco personal, o demasiado institucional, continente de buenos pero también muchos malos recuerdos para la familia, así que decidió Leonor ‘llevar a su marido a una zona con aires más límpidos y puros’ y adquirió un palacio a medio construir al otro lado del Arno, y no era un palacio cualquiera. Cuando comenzaron las obras la idea era superar a los más bellos palacios florentinos con su magnificencia imponente. Puede resultar austero a la vista cuando te plantas delante de él, quizá para quien no sepa que a sus espaldas emerge la exuberancia de los Jardines de Boboli, o lo maravilloso que llega a ser en su interior. Es un palacio enorme, pesado, con una fachada muy militar debido a esos sillares almohadillados, que lo ves y casi te dan ganas de darte la vuelta por donde has venido. 

Como mecenas no lo hizo tampoco mal, protegiendo a pintores como Bronzino y Pontormo. De Bronzino obtuvo su retrato más hermoso y conocido, junto a su hijo Giovanni. Te lo encuentras en la Galleria degli Uffizi y lo que te apetece es postrarte ante él como si fuese una secular Madonna con Niño y rezar todo lo que sabes a las musas y la inspiración divina. Tanta belleza, tanta perfección, en un cuadro tan pequeño, tan hermoso, merecedor de las más deliciosas reverencias. Un fondo neutro pero azul, el color más caro y precioso, nos acerca al primer plano a Leonor y a su hijo, vestidos con las más ricas vestiduras, pose elegante y mirada inteligente de la señora, que abraza delicadamente y con cariño a su pequeño. Acercáos a ver esos ropajes, la crema de la crema, colores tornasolados y purpúreos como corresponde a la dignidad de un heredero, y un traje brocado entretejido con hilos de oro y plata como era el gusto de la época y de la dama. 

Ese traje puede hoy verse restaurado en el Pitti, en la Galleria del Costume. Cuenta la leyenda que Leonor, que muere a los 40 años de una enfermedad pulmonar y con grave deficiencia de calcio por los sucesivos embarazos, fue enterrada con este traje en la Basílica de San Lorenzo. Su cuerpo fue exhumado en 1857, y la documentación habla de un traje fúnebre tejido con hilo de oro: ‘la veste che lo ricuopre, non poco lacera, è di raso bianco, lunga fino a terra e riccamente ricamata a gallone nel busto, lungo la sottana e nella balza da piè’. Durante mucho tiempo se creyó que el traje del retrato era también el de su enterramiento, qué morbosa delicia, y ésto incluso puede leerse en las guías oficiales de la Galleria degli Uffizi editadas en los años 90, pero el traje era otro, y se exponen juntos actualmente en el Palazzo Pitti. 

Crucen el Arno, por el Ponte Vecchio si les parece, y caminen hasta este palacio para sentir la potencia de los Medici en su esplendor y el buen gusto de doña Leonor de Toledo, una señora que con belleza, posición, riqueza, sensibilidad y educación unidas, logró maravillas. Otros no serían, ni lo fueron ni lo son ni lo serán, capaces.


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